Poesía (2-2015): Antológicos y canónicos. Mercado literario y/o verdad estética

Antológicos y canónicos. Mercado literario y/o verdad estética

 

«La verdadera utilidad de Shakespeare o de Cervantes, de Homero o de Dante, de Chaucer o de Rabelais, consiste en contribuir al crecimiento de nuestro yo interior. Leer a fondo el canon no nos hará mejores o peores personas, ciudadanos más útiles o más dañinos. (…) Poseemos el canon porque somos mortales y nuestro tiempo es limitado»

Harold Bloom, El canon occidental

 

El número de antologías, de historias de la literatura y de guías de los grandes autores que todo el mundo debería leer se ha multiplicado exponencialmente en el siglo XX, hasta desbordar la bibliografía de las últimas décadas. La literatura está al alcance de la mano –y aun de la tecla– como un producto ya resuelto al que accedemos muchas veces pasivamente. Basta con acercarse a una tienda, fiarse de un título –a veces de un nombre–, depositar una cantidad de intercambio simbólico y empezar a leer en el metro los dos o tres primeros poemas o las líneas iniciales de la introducción del libro, sin poner en cuestión todo el trabajo y el posible aparato ideológico que hay detrás de esa recolecta lingüística que tenemos en nuestras manos.

Por un lado, contamos con las advertencias que la crítica –especialmente de carácter socialista o de los Estudios Culturales– han llevado a cabo sobre la imposible inocencia de nuestras acciones literarias –ya sea confeccionado antologías o editando, ya sea participando en recitales y formando cenáculos literarios, ya sea comprando un libro– y la inclusión en un sistema absorbente denominado campo literario, del que nada escapa. Por otro lado, cierta crítica neorromántica reacciona defendiendo y recuperando los valores estéticos y humanizadores que las artes y, en concreto, los considerados, histórica e intersubjetivamente, genios, pueden aportar siempre al ser humano. A lo mejor es tan grave imponer a Shakespeare o Cervantes en la escuela o en las librerías como imponerse en forma de grupo poético, a través de manifiestos y etcéteras, en el campo literario español. ¿Por qué? ¿Para qué? El debate está servido.

Posibles líneas de debate

¿Tenemos libertad para elegir lo que queremos leer o la literatura siempre nos viene dada?

¿La historia de la literatura es la que aparece en las Historias de la literatura? ¿La historia de la literatura la construyen los poetas, los críticos o los lectores?

¿Son inocentes los poetas que participan en recitales? ¿O al (auto)promocionarse participan del mercado literario? ¿Al preferir poco, pero bueno, estamos siendo puristas o éticos?

¿El tiempo siempre pone las cosas en su sitio? Si bien es necesario para la elaboración de un mapa literario, ¿existe realmente una altura estética, un posible canon de autores con valores para la humanidad o todo se decide, no se sabe dónde, etnocéntricamente?

 

Textos

«El productor del valor de la obra no es el artista sino el campo de producción como universo de creencia que produce el valor de la obra de arte como fetiche al producir la creencia en el poder creador del artista»

Pierre Bordieu, Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario.

«El personaje silencioso que presta su atención, su tiempo, sus conocimientos y su palabra al texto –antologado o traducido– hace notar su presencia, o se cree en la necesidad de hacerla notar, mediante una explicación. En realidad, la palabra y las ideas literarias del antólogo, sobre todo éstas, ya están en su selección»

José Francisco Ruiz Casanova, Antología Cátedra de Poesía de las Letras Hispánicas.

«Por primera vez en la historia universal, la reproductibilidad técnica emancipa a la obra artística de su existencia parasitaria en un ritual. (…) En lugar de su fundamentación en un ritual aparece su fundamentación en una praxis distinta, a saber en la política»

Walter Benjamin, «La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica».

«[Incluso] las obras de arte puras, que niegan el carácter de mercancía de la sociedad ya por el solo hecho de seguir su propia ley, han sido siempre al mismo tiempo también mercancías»

Max Horkheimer y Theodor Adorno, La industria cultural. Iluminismo como mistificación de masas.

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Fotografía (4): Violencia en fotografía

Violencia en fotografía

¿un medio para la denuncia social o un anestésico visual?

“Tanto si el sujeto ha muerto como si no,

toda fotografía es siempre una catástrofe”

-Roland Barthes

“El Espectáculo es el mal sueño de la sociedad moderna encadenada,

que no expresa en última instancia más que su deseo de dormir.

El espectáculo vela ese sueño”

-Guy Debord

Nuestra educación visual se ha nutrido de manera disciplinada y obediente con un serie infinita de cuerpos esqueléticos que han sufrido la guerra, el hambre, la enfermedad y cualquier tipo de violencia (im)posible. Dentro de un universo dominado por la muerte y la destrucción industrialmente organizada, los cuerpos son reducidos a mera imagen fotográfica. Adorno cuando nos habla sobre Auschwitz, nos advierte que debemos ser conscientes del hecho que escribir poesía en estas circunstancias resultaría una auténtica “barbarie”. Parafraseando el sentido más profundo de estas palabras ¿hasta qué punto cartografiar la piel y fotografiar el cuerpo tras las barbaries de la modernidad, empuja no tanto al exceso de lo decible como a la (im)posibilidad de un silencio que queda transformado en cómplice de la cháchara discursiva? Tal como advierten Margarita Alvarado y Peter Mason (2001) “no es exactamente el lente que convierte a los sujetos humanos en objetos, sino muy por el contrario, son los propios seres humanos los que convierten a otros seres humanos en objetos”. A pesar de nuestra habituación mediática al horror y a la sistemática obsolescencia del sentir, ¿por qué ciertas imágenes y no otras, son capaces de lacerar nuestra mirada y nuestra conciencia?

Posibles líneas de debate:

¿Hasta qué punto tenemos naturalizada la violencia visual?

¿Cuál es el sesgo ideológico normativo ante la (re)presentación codificada de la violencia?

¿Existe una voluntad de control y dominio que vertebra un discurso lleno de opacidades, destinado a salvaguardar una serie de intereses de clase, de género, de raza o culturales?

¿Qué decir del cuerpo y de sus imágenes ante lo injustificable de un horror que desborda cualquier discurso y que eterno se repite en cada genocidio, en cada masacre, en cada aniquilación…?

Textos:

El odio-amor hacia el cuerpo tiñe toda la civilización moderna. El cuerpo como lo inferior y sometido, es convertido de nuevo en objeto de burla y rechazo, y a la vez es deseado como lo prohibido, reificado, alienado. Sólo la civilización conoce el cuerpo como una cosa que puede poseer.

Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, Dialéctica de la Ilustración, 1944.

—¿Y éste? ¿Es un uniforme, éste? —exclama Sheila.

Te has quedado turbado. —No, éste no… —murmuras.

—¡Pues sí! —grita Sheila. —¡El cuerpo es un uniforme! ¡El cuerpo es milicia armada! ¡El cuerpo es acción violenta! ¡El cuerpo es reivindicación de poder! ¡El cuerpo está en guerra! ¡El cuerpo se afirma como sujeto! ¡El cuerpo es un fin y no un medio! ¡El cuerpo significa! ¡Comunica! ¡Grita! ¡Impugna! ¡Subvierte!”

Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero, 1980.